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lunes, 10 de septiembre de 2018

LA DESIDENTIFICACION

Debemos impedir que nuestra consciencia se proyecte hacia el exterior, que se identifique erróneamente con lo que para ella no es más que objeto de percepción.

Cuando Despertamos percibimos los pensamientos, los sentimientos y las sensaciones de la misma manera que antes, nada ha cambiado en su naturaleza, sólo que la consciencia ha dejado de identificarse. Este cuerpo no soy yo, estos sentimientos no son yo, estos pensamientos no son yo. Todo esto constituye el ropaje concéntrico de la personalidad humana, en cuyo centro se encuentra mi verdadera naturaleza, consciencia pura. La diferencia fundamental que separa el Despertar del estar dormido reside en que detrás de todas las percepciones internas y externas, permanezco consciente del hecho de ser pura consciencia. Yo no soy el hombre que piensa, o el hombre que siente. Soy pura consciencia que observa al hombre pensar y sentir. Yo no soy el hombre que actúa, sino la pura consciencia que observa al hombre actuar.

Esta comprensión puede ser espontánea e implícita, o bien razonada y deliberadamente formulada. Cuando hemos Despertado y este Despertar es ya en nosotros un estado natural, las formulaciones mentales, verbales y los razonamientos, desaparecen. La desidentificación es desde entonces una evidencia constante e implícita, que impregna la totalidad de nuestra vida. Sin embargo, mientras no hayamos llegado a sentir el estado de Despertar como nuestro estado natural de espíritu, deberemos trabajar por conseguirlo. En este trabajo, utilizaremos deliberadamente la observación del hombre y el razonamiento desidentificador.

La identificación es un esquema mental subjetivo, que por el poder de la costumbre se ha arraigado hasta convertirse en un automatismo. Por lo tanto deberemos utilizar una sugestión desidentificadora cada vez que observemos la presencia de un pensamiento identificador.

Debemos repetir interiormente: Yo no soy este pensamiento, este sentimiento, esta sensación o esta acción. Yo soy el testigo silencioso e inmutable. Habiendo hecho esta formulación, permanece silencioso y trata de percibir el testigo que eres.

No utilices este tipo de sugestión de una forma mecánica y estúpida, sino que cada vez que la utilices, te ayude a sentir tu identidad de espectador.

Utiliza el razonamiento desidentificador hasta que el silencio que permanece al fondo de lo vivido, se convierta en tu estado natural.

Vuestra identidad verdadera, vuestro verdadero yo, vuestro yo profundo, es el silencio eterno de la Consciencia infinita. Vivirlo, y olvidaros de los libros.

Trabajando sistemáticamente por desidentificarnos de la personalidad humana, preparamos el terreno para el Despertar. La identificación anula este estado. Si no hay identificación, nos resultará posible mantenernos despiertos.

¿Qué podemos hacer para lograrlo?. Hay que vigilarse de forma que nos sorprendamos identificándonos con el cuerpo, con los sentimientos, o con lo mental. Se trata de sorprendernos cuando vamos a pensar en el cuerpo o en las sensaciones que éste experimenta, como si fuéramos nosotros mismos, tomándonos por un cuerpo, y una vez aquí llegados, observar el mecanismo mental que ha producido esa identificación. No tratemos de suprimir por la violencia dicho mecanismo. Observémosle, y paralelamente a esta observación, tomemos consciencia de nuestra verdadera naturaleza, hecha de consciencia y no de corporalidad. Este mecanismo está basado en la ignorancia, la inconsciencia subliminal y el ciego instinto, por lo que le resulta muy difícil resistir la observación de alguien que ha Despertado. Cuanto más observamos este mecanismo, más cosas conoceremos de él y más veleidosas nos aparecen sus manifestaciones, hasta que un día termine por desaparecer. Debemos asir bien el matiz: Percibir sensaciones es normal y esto no es lo que engendra la ignorancia metafísica. Lo que debemos hacer es sorprender a nuestro espíritu en el momento de identificarse con el cuerpo y con sus sensaciones. La percepción debe permanecer intacta, es la identificación lo que debe ser eliminada sin violencia.

Lo mismo reza para los sentimientos. Debemos observar los sentimientos y sorprendernos en el momento en el que pensamos “yo” en presencia de una manifestación sentimental. Esta etiqueta que le colocamos a un fenómeno interior, no tiene la mínima razón de ser. Dejemos que el sentimiento se exprese, pero al mismo tiempo, tomemos consciencia de la inutilidad y el lastre que supone el identificarnos con los fenómenos sentimentales que se elaboran, surgen y desaparecen en este espacio cerrado que constituye la personalidad humana.

Tomemos idéntica actitud frente a los pensamientos. No debemos destruirlos. Los pensamientos son útiles y necesarios. Lo que debemos hacer es tomar consciencia del instante en el que nos atribuimos la paternidad de ciertos pensamientos. El momento en el que creemos: “Yo pienso esto o lo otro”. En medio del magma psíquico se eleva un pensamiento de identificación, y este pensamiento declara, designando otro pensamiento u otro grupo de pensamientos, que estos constituyen lo que  somos nosotros.  Este es el engaño que debemos  disipar.  En realidad no son más que pensamientos que piensan. Pensamientos, sentimientos y sensaciones forman parte del espectáculo que contempla la consciencia. Del mismo modo que nosotros no somos el espectáculo del mundo exterior que contempla la consciencia, tampoco somos el espectáculo del mundo interior. Nosotros somos el espectador. Comprender esto en el seno de la vida cotidiana y experimentarlo de una forma constante, es desidentificarse.

Por medio de la desidentificación dejamos de decir: “Tengo hambre”, ahora observamos que un cierto proceso de hambre se expresa en mí, o por ser más breve: “En mí hay hambre”. Tampoco nos parece que: “Esto me repugna”, más bien una repulsión por esto o aquello se manifiesta en nosotros. Del mismo modo no se trata de amar a esta o aquella persona, sino de sentir un fenómeno de amor manifestarse. No se trata de decirse interiormente: “Yo pienso esto, yo conozco lo otro, yo creo en lo de más allá, sino simplemente: “En mí un proceso mental piensa, conoce o cree en tal o cual cosa”.

La desidentificación no se realiza desatendiendo al cuerpo. Es al contrario, teniendo una consciencia intensa del cuerpo y de los movimientos de la mente, como poco a poco se desarrolla la sensación de independencia entre lo que es y lo que se observa.

Al desidentificarnos no huimos de la realidad encarnada, al contrario, es al estar sumamente atentos a ella cómo se comprende que ella no puede ser nosotros. Sólo quien permanece atento y lúcido puede ver quien Es.

La desidentificación es un trabajo interior y no exterior. Es normal que sigamos utilizando al hablar el pronombre yo para designar las actividades físicas y mentales del hombre. Querer sistemáticamente dejar de utilizarlo y hablar de nosotros en tercera persona, sería rodearnos de un aura de esnobismo con riesgo de convertirse en una mera actitud exterior. Lo que debemos es tomar consciencia y disipar el proceso mental de la identificación. No hay ningún problema con la utilización del pronombre yo, en la medida en que sepamos, en el momento de utilizarlo, que el yo designa a la personalidad humana y no a lo que Somos. Sin hablar un lenguaje enigmático y diferente es posible, sin embargo, que una cierta modificación en la elección de los términos corrientemente utilizados, resulte de nuestro trabajo interior de desidentificación.

Por otra parte resulta interesante resaltar que la desidentificación necesita que anteriormente haya habido identificación. La infancia no es otra cosa que la toma progresiva de consciencia del cuerpo y del mundo exterior, toma de consciencia que se acompaña necesariamente de identificación. Por medio de esta identificación se forma el ego. Gracias a esta identificación, en el seno de la Consciencia global del Ser, aparece la focalización de una consciencia individualizada.

A este fenómeno lo podemos llamar (a pesar de que el término no sea ideal, ya que da la falsa imagen de un desplazamiento espacial que en realidad no existe), la involución de la Consciencia en el seno de la fenomenología existencial.

Esta involución es absolutamente necesaria. Sin ella, la individualización de la consciencia resultaría imposible. Este es el caso de algunos enfermos mentales que no han logrado la identificación corporal. Son más o menos inconscientes de su cuerpo. La fase involutiva no ha sido terminada en ellos, por lo tanto la fase evolutiva tampoco puede tener lugar, y toda realización espiritual les es inaccesible.

Gracias a la identificación sufrida en la infancia, hemos llegado a ser una consciencia individual. Sin embargo, esta consciencia individual está miserablemente encerrada en sí misma. El ego es una prisión. Esta es la razón por la cual, habiendo involucionado, debemos ahora evolucionar. Y para ello debemos desidentificarnos del ego.

Evolucionar no es llegar al punto de partida anterior a la involución. Gracias a la involución aparece la individualización, pero ésta se acompaña necesariamente de la separación de la globalidad del ser. Esta separación no es en realidad más que un velo, una niebla mental. Desidentificándonos y sumergiéndonos después en el Vacío y en el Silencio infinitos del ser, retiramos el velo de la ignorancia metafísica. Este es el proceso de la evolución. Proceso por el cual la consciencia individualizada por medio de la evolución espiritual participa en la globalidad de la Transcendencia.

Una vez alejados del Ser Divino volvemos a Él.

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